Me niego a poner nombres a los sentimientos.
No quiero poner precio, fecha de caducidad,ni sabores a los besos, ni color a los momentos negros.
Es mejor dejarlos pasar.

22 noviembre 2011

Tiempo


Se había despertado con la cabeza apoyada en la barra del bar; el mismo bar de siempre. Pero esta vez no encontró las mismas caras que rodeaban esa barra tiempo atrás. Miró a su alrededor y parecía que no había nadie conocido. Las pocas sombras que paseaban por el aire de ese oscuro recinto no tenían caras que se pudiesen distinguir. Parecían máscaras que ocultaban su expresión tras un blanco neutral.
Con el sabor del último de los muchos tragos que esa noche habían recorrido su boca, se levantó agitada, localizando con los pocos sentidos que aún tenía relativamente bien la puerta. Le pidió un cigarrillo al primer hombre que localizó en la calle de piedra y con los ojos partidos comenzó a caminar. La fría noche envolvía su cuerpo, pero no fue un impedimento para continuar su camino. Recordaba cuando esas mismas calles eran de gastado adoquín...¡Cómo pasa el tiempo!. Cada esquina era un recuerdo, una sensación, algo que había compartido con distintas personas... Pero los años habían pasado y ella seguía igual que siempre, a pesar de que todos hubiesen escapado de los desengaños y turbulentos momentos que las noches podían traer consigo. LLegó a su cama y mientras pensaba en lo largos que eran los días últimamente; siempre la misma rutina, frecuentando los mismos lugares con la esperanza de que alguno de ellos volviese.
Al día siguiente su cabeza daba mil vueltas. Una sensación que conocía muy bien. Una ducha rápida, algún trapito y hacia el trabajo. Unas calles muy distintas a lo que un día había conocido la esperaban fuera de las cuatro paredes de su humilde casa. Sale por la puerta... ¡Maldito ascensor!, siempre en el tercero atrancado... Escaleras. Una vez más, el autobús pasará justo cuando este llegando a la parada, a una distancia lo suficientemente grande como para perderlo y llegar tarde. Efectivamente... Adiós autobús.
Empieza a caminar cuesta arriba, mirando la cara de la gente. Todos van apresuradamente para llegar a tiempo a un trabajo que seguramente nunca les ha gustado y nunca les gustará. Semaforo en rojo. Levanta la mirada y ve a un hombre con sombrero negro, postura cansada que mira al suelo como si buscase algo debajo de las baldosas rosas. Le llama la atención y no sabe por qué pero le resulta familiar. No consigue recordar quién puede ser. Levanta la cabeza y se cruzan las miradas. El tráfico parece que cesa y un torbellino de recuerdos pasan por sus cabezas.
-¡Vaya!, eres tú... ¿Cuantos años han pasado?... ¿veinte quizás?.
- Treinta más bien.... ¿Cómo te va todo?.
- Bueno... trabajo bastante... en una gasolinera. Hay que sobrevivir como sea.
- ¿En una gasolinera?. Con todos los planes que teníamos sobre lo que ibamos a llegar a ser... Sobre lo distintos que seríamos del resto...Con lo que conseguiríamos hacer... Todo lo que luchaste para conseguir publicar tu libro, peleándote con las editoriales y la censura de los medios... En fin, ¡qué ingenuos éramos!.
- Y qué felices también... Y bueno, ¿qué es de ti?, ¡bailarina profesional seguro!. Me acuerdo como te movías cuando la música sonaba... La energía que desprendías hacía que todo el que te rodeaba quisiese bailar, salir, vivir...
- Trabajo en un supermercado. El baile se quedó atrás, como muchos de mis sueños. Hay cosas que no pueden ser y, como tú dices, hay que sobrevivir.
- No sabes cómo lo siento... Al final las cosas no salen como piensas pero, así es la vida ¿no?.
- Parece que sí... Bueno, me tengo que ir, que llego tarde. Espero verte pronto.
- Sí, sí. Yo también. Igual podemos tomar un café y contarnos como nos han tratado los años.
- Claro... Adiós...
- Cuídate.
El corazón le latía como si hubiese corrido una maratón, los ojos se le humedecieron y un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Hacia años que no le veía y se había dado cuenta de lo que habían cambiado, de lo que los años hacen, de lo que el tiempo se lleva.
La última vez que se habían visto, habían hablado sobre como sería su futuro, todo lo que iban a hacer y a conseguir. Iban a cambiar el mundo y al final, el mundo fue el que consiguió cambiarlos a ellos  Esa fué la última vez que la ilusión y el valor se vieron las caras y ella, una vez más, volvió al bar en el que tantos momentos habían vivido. Una noche más, rodeada de las sombras de los nuevos cuerpos que transportan la ilusión, el valor, la esperanza...

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